Cuando la violencia en los colegios nos interpela a todos. Por: Sofía Schmidt, directora ejecutiva de Fundación Brotario

Cada vez que ocurre un episodio de violencia en un colegio, el ciclo es predecible. Lo vemos, lo comentamos, nos indigna durante unos días y después la vida sigue. El problema es que seguir adelante no significa que el problema se haya resuelto, sino que nos hemos acostumbrado a convivir con él sin entenderlo del todo.

La violencia en espacios educativos no nace ni muere en la sala de clases. Es la expresión visible de algo que viene de antes y de afuera, de una forma de relacionarnos que se ha ido tensando, y que los niños, niñas y jóvenes absorben con una naturalidad que debería preocuparnos más de lo que nos preocupa.

Los datos ayudan a dimensionar el terreno. Los niños pasan en promedio seis horas al día frente a pantallas y apenas diez minutos en contacto con la naturaleza. Seis de cada diez presentan síntomas de ansiedad o depresión. Uno de cada cinco tiene algún problema de salud mental que merece atención. Son estadísticas que reflejan a una generación que está creciendo sin demasiado espacio para el encuentro real ni para procesar lo que siente.

En ese contexto, la violencia no aparece de la nada. Se instala donde hay sobreexposición sostenida, pocas herramientas para gestionar emociones y escasos adultos con tiempo y presencia para acompañar. Lo que explota dentro de un colegio muchas veces lleva años cocinándose fuera de él.

Hay también algo en la manera en que circula la información que merece una mirada más honesta. Cuando ciertos hechos se repiten y se muestran una y otra vez, empiezan a instalarse como parte del paisaje normal. El riesgo real es que lo excepcional se vuelva cotidiano y que la violencia deje de sorprendernos, especialmente a quienes están todavía formándose como personas.

Por eso, reducir la conversación a sanciones o protocolos se queda corto. El desafío de fondo tiene que ver con cómo estamos criando, educando e informando, y con qué tipo de entornos estamos construyendo para que la violencia no les parezca a los niños una opción razonable o inevitable. Eso no es responsabilidad exclusiva de los colegios ni de las familias ni del Estado, sino de todos ellos al mismo tiempo, y también del mundo privado y de la sociedad civil.

Volver a poner el bienestar de la infancia en el centro tiene consecuencias concretas en los presupuestos que se priorizan, en los contenidos que se producen y en las conversaciones que estemos dispuestos a tener aunque resulten incómodas. Probablemente sea una de las decisiones más urgentes que tenemos pendientes.