Día mundial de la voz – La voz docente se apaga en silencio. Por: Sergio Quintana Méndez. Fonoaudiólogo. Docente adjunto Escuela de Fonoaudiología Universidad Austral de Chile, sede Puerto Montt.
Cada 16 de abril se conmemora el Día Mundial de la Voz, una fecha que invita a reflexionar sobre el cuidado de esta herramienta esencial para la comunicación. En el caso de los docentes, esta fecha adquiere un sentido relevante: su voz no es solo un medio de expresión, sino su principal herramienta de trabajo.
Nuestros profesores con su voz no solo entregan contenidos, sino también generan vínculos, dinámicas de aula y expresividad pedagógica. A pesar de ello, este instrumento permanece invisibilizado, sometido a una exigencia constante que, en muchos casos, termina por deteriorarlo.
La evidencia es clara, los docentes se encuentran entre los grupos profesionales con mayor riesgo de desarrollar disfonía, una alteración de la voz que hace que suene diferente a lo habitual. No se trata de situaciones aisladas. Diversos estudios indican que hasta un 80% de los profesores en Chile experimentará algún grado de disfonía a lo largo de su carrera. A pesar de esto, el problema sigue siendo subestimado, tanto a nivel institucional como cultural.
Parte del problema radica en normalizar el malestar vocal. Muchos docentes reconocen cambios en su voz: fatiga, ronquera, sensación de esfuerzo, pero los interpretan como una consecuencia inevitable del trabajo. Esta autopercepción, lejos de activar una consulta oportuna, suele lleva a la adaptación: se habla igual, pero con mucho más esfuerzo, perpetuandose un círculo silencioso de sobrecarga y deterioro gradual.
Las condiciones laborales también influyen. Salas con mala acústica, altos niveles de ruido y acceso limitado a sistemas de amplificación obligan al docente a elevar la voz de manera sostenida. No es casual que los mayores niveles de riesgo vocal se concentren en contextos educativos en donde las condiciones son más limitadas.
El impacto de la disfonía va más allá de lo físico. Una voz disfónica afecta la claridad del mensaje, la interacción en el aula y la seguridad del docente. Aunque muchas veces se minimiza su dimensión emocional sus efectos pueden incidir en el bienestar y desempeño profesional.
Resulta paradójico que pese a estar reconocida en Chile como una enfermedad profesional, la disfonía siga siendo escasamente pesquisada y abordada. La falta de formación en técnica y autocuidado vocal durante la formación docente contribuye a perpetuar este escenario.
En este contexto, el Día Mundial de la Voz no debiera ser solo una conmemoración simbólica, sino una oportunidad concreta para visibilizar esta realidad. Abordar la salud vocal del docente requiere avanzar hacia una perspectiva de vocoergonomía, que considere la adecuación de las condiciones laborales a las demandas vocales del profesorado.
En esta misma vía, el Fonoaudiólogo no debiera aparecer solo cuando la voz falla, sino como un aliado permanente en la formación y ejercicio docente. Su presencia en los programas de formación docente no es un lujo, sino una necesidad.
Cuidar la voz docente no es un detalle menor. Es reconocer que el sistema educativo depende, en gran medida, de una herramienta que hoy está siendo abusada y mal usada. Visibilizar esta realidad es, quizás, la mejor forma de conmemorarla.
