Lo que sembramos en un patio puede cambiar una vida. Por Elizabeth Millaneri, ex estudiante de Instituto Politécnico María Auxiliadora y del programa Patio Vivo Cultivable

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de participar en el Encuentro Regional 2026 de la Red por el Aprendizaje Los Lagos, una instancia que reunió a más de 150 personas para conversar sobre el presente y el futuro de la educación en nuestra región. Estudiantes, docentes, organizaciones, autoridades y representantes de redes internacionales compartimos ideas y propuestas para construir mejores oportunidades de aprendizaje.

Cuando me invitaron a hablar, pensé en una pregunta simple, ¿qué experiencia educativa ha marcado más profundamente mi vida? La respuesta llegó de inmediato y fue mi participación durante mis años escolares en el programa Patio Vivo Cultivable, impulsado por Fundación Patio Vivo.

Recuerdo con claridad el invernadero de mi colegio, fue allí donde aprendimos a cultivar, cosechar y cocinar productos locales. Pero, con el tiempo, entendí que ese espacio era mucho más que un huerto, se transformó en un lugar de encuentro, de conversación y de comunidad; un refugio donde podíamos aprender haciendo, compartir con nuestras compañeras y conectar con nuestro entorno de una manera distinta.

Quizás lo más importante es que yo llegué a esa experiencia con cierta desconfianza. Venía de estudiar en un establecimiento donde muchas veces escuchamos promesas sobre mejoras en los espacios verdes que nunca se concretaron, por eso cuando apareció esta iniciativa pensé que sería una promesa más. Sin embargo, ver el compromiso de quienes impulsaban el proyecto, escuchar que nuestras opiniones eran consideradas y comprobar que los cambios realmente ocurrían me permitió recuperar la esperanza.

Esa experiencia me hizo comprender el impacto que tiene la naturaleza en nuestro bienestar y en nuestra forma de relacionarnos con los demás. Algo tan simple como reunirnos en un espacio verde mejoró la convivencia, fortaleció los vínculos y despertó una curiosidad que muchas veces permanece dormida dentro de la sala de clases.

También me permitió reconectarme con la cultura culinaria y los saberes locales. Detrás de cada receta, de cada ingrediente y de cada conversación con personas de la comunidad descubrí una historia que merecía ser valorada. Aprendí que la educación no solo ocurre en los libros, sino también en la experiencia, en el territorio y en el intercambio entre generaciones.

Hoy estudio Psicología y aunque mi camino profesional parece estar lejos de los huertos y las cocinas, reconozco que esa vivencia influyó profundamente en la persona que soy. Me ayudó a entender cómo el entorno impacta en el comportamiento, la motivación y la calidad de vida de las personas. Me enseñó que el bienestar también se construye a través de los espacios que habitamos y de las relaciones que somos capaces de generar en ellos.

Por eso me parece tan relevante hablar de estos temas en una región como Los Lagos. Vivimos rodeados de naturaleza, pero muchas veces nuestros establecimientos educacionales siguen teniendo patios grises y escasas oportunidades para que niños, niñas y jóvenes aprendan desde el contacto directo con el entorno. Existe una enorme riqueza natural, cultural y comunitaria que podría transformarse en una poderosa herramienta educativa.

Necesitamos más espacios que inviten a la curiosidad, a la colaboración y al aprendizaje activo. Espacios donde las y los estudiantes puedan comprender que forman parte de un territorio, que tienen una historia que valorar y que pueden convertirse en agentes de cambio para sus comunidades.

Por eso quisiera hacer un llamado a organizaciones, empresas y organismos públicos a seguir apoyando iniciativas como Patio Vivo Cultivable. No se trata solamente de construir un huerto o mejorar un patio, sino que de abrir oportunidades, fortalecer la confianza de los estudiantes, recuperar el sentido de comunidad y demostrar que otra forma de aprender es posible.

Los efectos de estas experiencias no terminan cuando los estudiantes egresan, permanecen durante años y, muchas veces, orientan decisiones de vida. En mi caso, sembraron una sensibilidad y una forma de mirar el mundo que aún me acompañan.

Porque cuando se transforma un espacio educativo, también se transforman las personas que lo habitan. Y esa es una cosecha que vale la pena seguir cultivando.