Más universidad no significa más equidad. Por: Loreto Kemp

Hace algún tiempo, en una clase del economista Ricardo Hausmann, profesor de Harvard y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, escuché una idea que se me quedó dando vueltas. Por estos días volvió a aparecer con fuerza en mi cabeza al ver que el tema vuelve al debate público a propósito de algunas medidas del Plan de Reconstrucción Nacional del presidente Kast, entre ellas la propuesta de revisar y limitar la gratuidad universitaria.
Hausmann planteaba algo súper simple. Los países que logran desarrollarse no lo hacen simplemente enviando más estudiantes a la universidad. Lo hacen invirtiendo desde temprano en capital humano y utilizando el conocimiento para resolver problemas productivos.

Los resultados invitan a mirar el problema desde el dato. Según la tasa bruta de matrícula terciaria del Banco Mundial, Chile hoy tiene más acceso a la educación superior que Estados Unidos, cerca de 105% frente a alrededor de 79%. Es decir, el problema de Chile no es que falten puertas de entrada a la universidad.
Y, sin embargo, la brecha salarial sigue siendo alta y la movilidad social limitada. Incluso el retorno salarial del título universitario ha disminuido con la masificación del sistema. Dicho de otra forma: empujar a más estudiantes hacia la universidad no ha sido solución para reducir las desigualdades.

Cuando uno observa a los países que sí han logrado avanzar en desarrollo y reducir estas brechas, el camino que han diseñado ha sido distinto. Corea del Sur, por ejemplo, apostó por una estrategia integral basada en una fuerte inversión en educación inicial, altos estándares en la educación escolar y universidades orientadas a investigación, innovación y solución de problemas productivos. Hoy invierte cerca del 5% de su PIB en I+D, una de las cifras más altas del mundo.
El desarrollo no se construye solamente aumentando la matrícula universitaria. Se construye fortaleciendo el capital humano desde los primeros años de vida y generando conocimiento que permita crear valor y nuevas oportunidades.
Por eso, cuando hoy se discute el financiamiento de la educación superior o el futuro del CAE o FES, la pregunta ya no debería ser cómo facilitamos el ingreso a la universidad. Sería mejor que nos preguntemos si estamos poniendo las prioridades educativas donde realmente se juega la igualdad de oportunidades.

Y esa discusión es especialmente urgente en regiones como Los Lagos, donde los retrocesos en aprendizaje han sido mayores que en el resto del país.
Mejorar la calidad de vida de un país no se logra simplemente ampliando el acceso a la universidad.
Se logra formando capital humano desde los primeros años de vida.

Loreto Kemp