De la promesa a la política pública: cuando educar es elegir de qué hablamos. Por: Osvaldo Grob, Director de Educación Socioambiental, Fundación Legado Chile

Más que optimismo, hay procesos en marcha que muestran que educar para enfrentar la crisis climática ya no es una excepción: desde las escuelas hasta las políticas públicas, la educación ambiental comienza a ocupar el lugar que por años se le negó en el sistema educativo chileno.
A veces se dice que, después de escuchar una mala noticia, hacen falta varias buenas para equilibrar las cosas, y estas semanas han sido particularmente difíciles para nuestro país. En el Día Internacional de la Educación Ambiental, quiero invitarles a invertir un poco ese orden y partir por las buenas nuevas. No por tener un optimismo ingenuo, sino porque quienes llevamos años trabajando en educación hemos aprendido algo simple pero profundo: también se educa con las conversaciones que elegimos sostener.
Y el relato que hoy comienza a aparecer es muy distinto. No porque la crisis climática haya desaparecido —de hecho, se ha intensificado—, ni porque los problemas del sistema educativo estén resueltos (estamos muy lejos de eso), sino porque la educación ambiental en nuestro país comienza a mostrar señales claras de avance. De a poco, con consistencia y a paso firme, empieza a expresarse en consultas, instrumentos, decisiones y discusiones que apuntan a algo clave: dejar de ser solo una experiencia aislada y avanzar hacia una incidencia real en política pública.
Como Fundación Legado Chile, trabajamos principalmente en la región de Los Lagos, y desde aquí ese proceso se ve con claridad. A comienzos de los 2000, un pequeño grupo de educadores notó que algo faltaba, y era la necesidad de contar con un instrumento público que ayudara a articular esfuerzos en un contexto donde la educación ambiental aún no tenía el lugar que hoy comienza a ocupar. De esa conversación nació la Política Regional de Educación Ambiental. Hoy, dos décadas después, somos muchos más los involucrados en este proceso. En 2025, 350 personas de todos los sectores participamos en la actualización de esta política en el marco de la XII Escuela Ambiental de Verano, rediseñando y fortaleciendo un instrumento que cimenta un camino a seguir. Cuando una idea se sostiene en el tiempo, suma voluntades, crece y termina creando realidad: una política de incidencia pública.
Algo parecido ocurre en las escuelas. El Sistema Nacional de Certificación Ambiental de Establecimientos Educacionales (SNCAE), implementado en Chile desde 1999, convoca hoy a miles de establecimientos a lo largo del país que, de manera voluntaria, deciden revisar sus prácticas, organizarse y tomar decisiones colectivas relacionadas con la Educación Ambiental. Para el año recién pasado, y según la Nómina de Establecimientos Certificados 2024, 2.540 establecimientos cuentan con su certificación activa, lo que cambia la conversación interna de las comunidades educativas. He visto escuelas donde esta certificación ha sido la primera excusa real para que docentes, asistentes, estudiantes y apoderados se sienten a pensar juntos cómo quieren vivir y educar en su territorio.
Y esto sigue, ya que a nivel nacional comienzan a verse señales concretas en esa misma dirección. La actual propuesta del Ministerio de Educación para la actualización de las Bases Curriculares 2027, que son el marco que orienta lo que aprenden niñas, niños y jóvenes en nuestro sistema educativo, incorpora de manera explícita la educación ambiental como un aprendizaje transversal. El propio documento en consulta señala que la actualización busca fortalecer los aprendizajes transversales, entre ellos la educación ambiental, incorporándose en la trayectoria formativa del estudiantado, y sugiere atender a la formación integral y a la preocupación por las problemáticas medioambientales de los territorios. No es un cambio menor. Significa reconocer que educar para enfrentar los desafíos ambientales no puede quedar reducido a proyectos aislados, sino que debe formar parte del corazón de nuestro sistema educativo.
Y si miramos hacia la educación superior, varias universidades públicas y privadas están dejando atrás la idea de la Educación Ambiental como algo aislado y han asumido compromisos formales para incorporar estas temáticas en sus mallas de pregrado y postgrado, entendiendo que formar hoy también es responder a los desafíos socioambientales del país. Solo por nombrar algunos casos, la Universidad de Santiago de Chile ha alineado su quehacer institucional con los ODS y ha definido la sostenibilidad como uno de los ejes centrales de su Plan Estratégico 2020–2030, o la Universidad de Chile, que ha propuesto en su Plan de Sustentabilidad 2025–2028 la dimensión de Docencia y formación para la sustentabilidad.
Hay algo que se repite en todos estos procesos: cuando un tema empieza a hablarse en la vida diaria, cuando se discute en la mesa, en reuniones de profesores, dentro de las comunidades educativas y fuera de ellas, deja de ser una idea lejana y comienza a tomar forma. Así ha ocurrido con la educación ambiental. Lo que durante años acompañó de manera secundaria nuestro quehacer educativo hoy empieza a ser reconocido como un eje formativo capaz de orientar la formación de personas críticas, conscientes y comprometidas con su entorno.
Hoy tenemos razones para decirlo con tranquilidad: la educación ambiental está dejando de ser una promesa y comienza a convertirse en una realidad. No perfecta ni terminada, pero viva y en movimiento. El desafío ahora es atrevernos a seguir haciendo, sin miedo y con convicción. Sigamos conversando, sigamos colaborando, sigamos educando desde el territorio. Porque cuando las comunidades se mueven y las políticas acompañan, el cambio deja de ser discurso. Feliz Día de la Educación Ambiental.