La educación que necesitamos para el Chile que viene. Por Ángela Ibáñez, Cofundadora y Directora de Expansión de Fundación Patio Vivo
Mientras termina el año escolar 2025, es momento de recordar que la escuela es, ante todo, un ecosistema de vínculos. El aprendizaje ocurre en el aula, pero también en los patios, en el juego, en las conversaciones y en la vida cotidiana de cada comunidad. Hoy la infancia crece en un contexto complejo: convivencia debilitada, desconexión del entorno, exceso de pantallas, sedentarismo y sobrepeso. Es una realidad que vemos a diario y que exige acción.
Por eso valoramos medidas recientes como la Ley de Actividad Física Escolar —que incorpora una hora diaria de movimiento— y el proyecto que regula el uso del celular en los colegios. Son avances importantes para recuperar el bienestar integral, aunque insuficientes por sí solos.
En el Festival Ladera Sur 2025 volvió a surgir la pregunta central: ¿estamos educando para la vida que queremos construir? El modelo tradicional —estudiantes sentados gran parte del día, en espacios cerrados y bajo un solo ritmo— ya no responde a las necesidades actuales. Sabemos que niñas, niños y jóvenes aprenden con los sentidos, en movimiento y en relación con otros, con la naturaleza y con su territorio.
Desde Patio Vivo proponemos reconstruir la experiencia escolar desde prácticas que cultiven bienestar físico, social y emocional: aprender desde el juego para vincularnos; desde huertos y cocinas para cuidar; desde el cuerpo en movimiento para integrar el mundo; y desde la naturaleza como maestra cotidiana.
Hace unos días, conversando con Joan Melé, presidente de la Fundación Dinero y Conciencia, coincidimos en algo esencial: más que métodos, necesitamos una visión que responda por qué educamos y para qué aprendemos. La educación no es parte del problema; es parte fundamental de la solución.
Transformar la escuela no es un lujo ni una moda pedagógica: es una urgencia país. Si queremos una infancia sana y jóvenes capaces de enfrentar los desafíos climáticos y sociales, no bastan ajustes menores ni iniciativas aisladas. Necesitamos reimaginar la escuela desde la vida misma: desde el cuerpo que se mueve, los vínculos que sostienen, la naturaleza que enseña y el territorio que da identidad. Solo así construiremos un futuro donde cada persona pueda florecer.
