¿Qué es lo que realmente debería importarle a un paciente? Por: Dr. Manuel Eduardo Ponce Reyes. Subdirector clínico y co propietario de Clínica Manhood Ponce.

Cuando una persona busca atención de salud, suele encontrarse con títulos, universidades, especialidades, congresos y certificaciones. Todo eso importa, pero existe una pregunta más relevante: ¿qué debería importarle realmente cuando pone su salud en manos de un profesional?

A mi juicio, tres cosas: que sea capaz de diagnosticar correctamente, tomar buenas decisiones y realizar adecuadamente un tratamiento.

La universidad donde alguien estudió forma parte de su historia, pero no determina por sí sola su capacidad. En salud, la formación no termina cuando recibimos un diploma.

Mi nombre es Manuel Ponce Reyes. Soy cirujano dentista y especialista en Odontopediatría, Radiología Oral y Maxilofacial y Ortodoncia. He dedicado gran parte de mi vida a estudiar y perfeccionarme y nunca he entendido aquello como una competencia por acumular títulos.

Existe además una responsabilidad muy personal. La vida me llevó a compartir y continuar una tradición familiar ligada a los Manhood, una familia estrechamente vinculada a la historia y al desarrollo de la odontología en Chile. Más que un privilegio para exhibir, para mí significó entender que debía estar a la altura de una historia construida por generaciones: estudiando, trabajando, reconociendo lo que todavía no sé y procurando entregar lo mejor a cada paciente.

También hago docencia, y ahí regreso inevitablemente a mi infancia. Soy hijo de dos profesores de Matemática. Mi padre fue Premio Nacional en Educación y mi madre es recordada por sus alumnos como una extraordinaria profesora de Matemáticas y por supuesto el sostén emocional de nuestra casa. En mi hogar había logaritmos y lectura; aprender, enseñar y preguntar eran parte de lo cotidiano. Por eso siento que la llama docente viene de ellos. Hoy hago clases de Postgrado en la Universidad de Concepción y en la Universidad de Herrero, en Brasil. Enseñar me obliga a seguir estudiando y me recuerda que el conocimiento adquiere valor cuando se comparte.

Entonces, ¿qué buscamos cuando hablamos de formación profesional en salud? No acumular credenciales como medallas, sino adquirir herramientas para comprender mejor los problemas, reconocer nuestras limitaciones y encontrar la mejor solución posible para quien confía en nosotros.

Pero existe otra formación, más silenciosa, que no aparece en ningún currículum. Mucho de lo más bello del ser humano se forma en la niñez: en la familia que tuvimos, en cómo fuimos escuchados, queridos, acompañados y educados. Esa historia nos acompaña toda la vida y también se refleja en cómo tratamos a los demás.

Un paciente no llega solamente con un diagnóstico. Muchas veces llega con miedo, vergüenza o inseguridad nacidos de experiencias anteriores. Esos temores no siempre desaparecen entregando más información. A veces cambian cuando alguien los escucha de verdad.

Cuando comprendemos qué vivió esa persona y por qué siente miedo, aparece la confianza. Hay momentos en que necesitamos escuchar más con el corazón que con la información.

Para mí, la calidad profesional debe reunir conocimiento y humanidad: saber diagnosticar, decidir y tratar, pero también escuchar, acompañar y reconocer nuestros límites.

La excelencia no se demuestra con distancia, arrogancia o haciendo sentir inferior al paciente. El conocimiento sin cercanía difícilmente construye confianza.

Ese es el servicio que busco entregar: riguroso, cercano, empático y amigable. Un servicio de calidad, pero con algo que ninguna tecnología, universidad o diploma puede entregar por sí solo: un toque de alma.

Porque la verdadera formación profesional no está solamente en los títulos que mostramos, sino en lo que hacemos con ese conocimiento y en cómo hacemos sentir a quien decidió confiar en nosotros.