Cuando la diferencia se convierte en diagnóstico. Por: Daniela Cabeza. Directora de Formación Fundación Acción y Cambio

Hace algunos días conocimos una cifra que ha encendido una discusión importante: durante el 2025, 473.834 estudiantes con necesidades educativas especiales formaron parte del Programa de Integración Escolar (PIE), alcanzando el número más alto registrado hasta ahora en nuestro país.

Y frente a cifras como esta, inevitablemente aparece una pregunta que se ha vuelto cada vez más recurrente: ¿estamos sobrediagnosticando a nuestros niños y adolescentes?

Creo que la respuesta requiere bastante más profundidad.

Sí, los diagnósticos han aumentado. Y existen razones concretas para ello. Hoy contamos con mayor conocimiento respecto del neurodesarrollo, más profesionales capacitados, mayor acceso a procesos de evaluación y más instrumentos que permiten identificar condiciones y necesidades que hace algunos años probablemente habrían pasado desapercibidas. Niños que antes eran considerados “flojos”, “distraídos”, “problemáticos”,“raros” o simplemente “los niños ritalín”, hoy tienen mayores posibilidades de ser comprendidos desde su manera de procesar la información y sus necesidades de apoyo.

Eso, sin duda, constituye un avance y yo particularmente lo celebro.

Sin embargo, existe otra pregunta que me parece igual o incluso más importante ¿cuánto de aquello que hoy necesitamos categorizar responde también a un sistema que continúa teniendo enormes desafíos para convivir con la diferencia? O mejor aún ¿Cuánto nos cuesta aceptar que todos somos distintos?

Nuestro sistema educativo organiza las NEE en categorías, distinguiendo, entre otras cosas, aquellas de carácter transitorio y permanente. Estas categorías permiten acceder a apoyos y recursos que son necesarios. El problema aparece cuando el diagnóstico comienza a transformarse en la principal puerta de entrada para que un estudiante pueda aprender de una manera diferente.

Me atrevería a decir que seguimos construyendo una paradoja: hablamos permanentemente de inclusión, pero seguimos esperando que sean los niños quienes logren adaptarse a una escuela pensada desde la norma.

Hace años, cuando trabajaba en educación en Santiago, realicé un diplomado en Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA). Recuerdo que una de las ideas que más sentido me hacía era, precisamente, comprender que no existe una única manera de aprender y que, por lo tanto, tampoco debiera existir una única manera de enseñar.

Diversificar no significa preparar una educación distinta para cada diagnóstico. Significa construir experiencias de aprendizaje suficientemente flexibles para que distintos estudiantes puedan acceder, participar, comprender y demostrar lo aprendido de diferentes maneras.

Sin embargo, muchos años después, seguimos encontrándonos con demasiadas barreras para llevar esta idea a la práctica.

Seguimos hablando del estudiante que “no se adapta”, del niño que “no logra permanecer en la sala”, del adolescente que “no trabaja porque se distrae”. Y quizás necesitamos comenzar a preguntarnos también cuánto se adapta el ambiente a ellos (en este caso, el contexto educativo).

Desde mi trabajo clínico con niños, adolescentes y sus familias, observo además otro desafío que considero profundamente preocupante: escuela y familia muchas veces han dejado de sentirse parte del mismo equipo.

Existe una tensión permanente. Familias que sienten que deben luchar para que las necesidades de sus hijos sean comprendidas y establecimientos que sienten que las familias exigen respuestas que al sistema, le es imposible entregar. En medio de esa brecha tremenda, quedan los niños y adolescentes, justamente aquellos por quienes todos dicen estar trabajando.

Mientras escuela y familia se posicionen en lados opuestos, cualquier política de inclusión tendrá un techo y lo que queremos es, precisamente lo contrario (paradoja).

Podemos aumentar profesionales, evaluaciones, diagnósticos, protocolos y programas, pero si no construimos una relación basada en colaboración, confianza y corresponsabilidad, seguiremos intentando resolver de manera individual algo que también es profundamente contextual.

Por eso, frente al aumento de estudiantes con NEE, la discusión no puede quedarúnicamente en el sobrediagnóstico.

Identificar una necesidad no constituye el fracaso de un sistema. Identificarla y continuar haciendo exactamente lo mismo, sí debiera preocuparnos.

Las diferencias siempre han estado en nuestras salas de clases. Lo que ha cambiado es nuestra capacidad para reconocerlas.

Tal vez, entonces, estas cifras no debieran aterrarnos. Podrían ser una oportunidad para preguntarnos qué tipo de educación queremos construir. Y, ojo, la responsabilidad está en todos nosotros. La comunidad educativa somos todos; no pueden existir paredes que nos separen y nos hagan olvidar que compartimos un mismo propósito: el bienestar y desarrollo de nuestros niños y adolescentes.