¿Por qué tenía que saberlo? Por: Alejandra Cobián Bahamondes. Psicóloga. Directora Ejecutiva de Hübner Comunicaciones y Consultoría. The Puerto Varas – The Puerto Montt
Hace algunos años, mientras estaba a cargo de un proyecto de selección, comenzaron a incorporarse distintas tecnologías para agilizar procesos: test online, agendamiento automático de entrevistas, sistematización de información y otras herramientas.
Entre ellas apareció una aplicación que permitía acceder, ingresando el RUT, al historial judicial de una persona, sin que esta supiera que esa información estaba siendo consultada.
En una de las primeras consultas apareció un antecedente relevante.
Una postulante cumplía con el perfil y la experiencia requerida para el cargo. En su historial aparecía una causa por violencia intrafamiliar.
Pero ella era la víctima.
Mi primera reacción fue preguntarme:
¿Por qué yo tenía que saber esto?
Yo no era quien la entrevistaba ni quien debía evaluar sus competencias. Ni siquiera la conocía. Y no encontraba qué podía aportar esa información a una decisión de contratación.
Sí podía imaginar, en cambio, lo que podía provocar: preguntas, interpretaciones, curiosidad, incluso una percepción distinta sobre ella.
Y había un aspecto especialmente preocupante: esa mujer ya había vivido una situación de violencia. ¿Por qué tenía que volver a cargar con ella en un proceso de selección laboral?
Una experiencia que le había causado daño podía aparecer nuevamente en otro ámbito de su vida y terminar afectándola. Una forma de revictimización que no tenía relación con aquello que se estaba evaluando.
Se lo planteé a la gerente de Recursos Humanos de la empresa que requería contratar. Le dije que, aunque la información estaba disponible, no me parecía adecuado que llegara a su equipo interno de selección.
Ella estuvo de acuerdo conmigo.
Y entonces me dijo algo que me hizo pensar más allá de esa situación:
“Yo me preguntaría si está bien que ustedes ofrezcan esto.”
Hasta ese momento había pensado que el problema estaba en la herramienta. Pero entendí que yo también era parte de esa práctica. Yo era la cara visible frente al cliente.
Ahí aparece una cuestión que excede esa situación particular. Trabajar no significa simplemente cumplir instrucciones o utilizar todas las herramientas que una organización pone a nuestra disposición. También implica ejercer criterio respecto de cómo hacemos nuestro trabajo y de las consecuencias que nuestras decisiones pueden tener en otras personas.
Una organización puede establecer procedimientos, ofrecer herramientas y definir objetivos. Pero eso no elimina la responsabilidad profesional y personal de preguntarnos si aquello que podemos hacer es también lo que corresponde hacer.
En trabajos que involucran personas, esta distinción es especialmente importante. Detrás de cada evaluación, cada selección, cada diagnóstico o cada decisión hay una persona, con una historia que no siempre conocemos y que no debería quedar reducida a los datos que podemos obtener sobre ella.
La empatía y la humanización de las decisiones no están reñidas con el profesionalismo. Al contrario: forman parte de la responsabilidad de trabajar con personas.
También existe una formación valórica que antecede a la profesión y al cargo que ocupamos. Es la que permite reconocer que algo puede estar permitido, disponible o incluso formar parte de un procedimiento y, aun así, preguntarnos si corresponde hacerlo.
Por eso, la ética profesional no consiste solamente en cumplir normas. También supone detenerse, cuestionar y asumir responsabilidad por las decisiones que tomamos, incluso cuando nadie nos obliga a hacerlo.
Esa experiencia fue una de las que me hizo reconocer una diferencia de valores importante y que, con el tiempo, influyó en mi decisión de dejar esa empresa.
Y eso no ocurre solamente en el trabajo.
Los valores también se ponen a prueba en decisiones pequeñas y cotidianas: cuando hacer lo correcto es menos conveniente, cuando podríamos mirar hacia otro lado o cuando nadie nos va a pedir explicaciones.
Nuestros valores no se ponen a prueba solamente cuando sabemos qué está bien y qué está mal, sobre todo cuando hacer lo correcto tiene un costo o una renuncia.
¿Qué parte de nuestros valores estamos dispuestos a sostener cuando hacerlo tiene un precio?
