Javier Muñoz, autor de la Historia del Tatuaje en Chile: “Creo que todo parte desde la curiosidad. Una curiosidad muy genuina”

El periodista e investigador Javier Muñoz presentó en Puerto Varas su libro Historia del Tatuaje en Chile 1900–1970, una investigación de cuatro años que analiza cómo se construyó el vínculo entre tatuaje y delincuencia en el país y qué revelan los testimonios y archivos sobre la práctica real.

Por Cristóbal Arriagada Ahumada

Tras cuatro años de investigación, el periodista Javier Muñoz Aránguiz publicó la primera entrega de Historia del Tatuaje en Chile 1900–1970, un libro que examina el origen del discurso que vinculó el tatuaje con la delincuencia y revisa archivos médicos, policiales y testimonios para contrastar esa narrativa. 

El pasado viernes 6 de febrero el autor presentó el libro en el Estudio Calma de Puerto Varas, en una actividad que reunió a cerca de 20 asistentes provenientes de distintos puntos de la Región de Los Lagos. Durante la exposición, el autor abordó los principales hallazgos del libro, explicó el contexto histórico del período 1900–1970 y compartió anécdotas del proceso investigativo. 

En conversación con The Puerto Varas, Javier Muñoz profundizó en los hallazgos de la investigación, el peso del discurso criminológico en Chile y el contraste entre esa narrativa y la práctica cotidiana del tatuaje en espacios bohemios y populares.

Después de cuatro años de investigación, publicas la primera entrega de Historia del Tatuaje en Chile. ¿Qué te llevó a iniciar este proyecto y por qué era necesario abordarlo desde una mirada histórica?

Creo que todo parte desde la curiosidad. Una curiosidad muy genuina, incluso adolescente. Mi primer recuerdo vinculado al tatuaje es cuando tenía 12 o 13 años y viajaba a Iquique en vacaciones. En la Zona Franca compré unos tatuajes falsos, de esos que se pegaban con agua. Me parecían fascinantes.

Después, a los 15 o 16 años, me hice mi primer tatuaje en la feria del cerro Santa Lucía. Era una época completamente distinta, no existía la escena profesional que hay hoy. Más adelante me compré una máquina de tatuar, alrededor del 2005. En ese tiempo yo era cocinero y todavía no estudiaba Periodismo.

Le pregunté a una amiga historiadora si existía algún libro sobre la historia del tatuaje en Chile. Me dijo que no. Y esa respuesta quedó resonando.

El punto de quiebre fue durante mi práctica en The Clinic, cuando tuve que entrevistar a un tatuador antiguo. Intenté contextualizar históricamente la práctica y no encontré nada. Ahí entendí que había un vacío. Empecé a investigar alrededor de 2013, con mucha intensidad hasta 2018. Luego hubo pausas, pero la investigación nunca se detuvo completamente.

Me parecía necesario abordarlo desde una mirada histórica porque el tatuaje en Chile siempre ha estado cargado de prejuicio. Y muchas veces esos prejuicios se repiten sin saber de dónde vienen. Yo quería ir al origen del discurso, entender cómo se construyó esa narrativa.

El libro aborda el período 1900–1970. ¿Por qué decidiste partir ahí y qué caracteriza esa etapa?

Yo pensé que iba a encontrar mucho tatuaje carcelario antiguo, fotos, reportajes, archivos llenos de presos tatuados. Pero no fue así.

Cuando fui más atrás en la historia, descubrí que el discurso sobre el tatuaje estaba dominado por la criminología positivista, especialmente por la escuela italiana de César Lombroso. Esta teoría decía que las personas nacían predispuestas al delito por factores biológicos, sociales y culturales. El tatuaje aparecía como una “marca criminal”.

En Chile, esa mirada se instaló a través de médicos, abogados, policías y publicaciones académicas. En 1900, el doctor Pedro Barros Ovalle publica Antropometría Criminal y General, donde define el tatuaje como señal particular en procesos de identificación penal.

Pero lo interesante es que, al revisar cifras, el porcentaje de personas tatuadas en los registros era mínimo. Era una teoría muy difundida, pero con poca evidencia real.

En 1940 aparece un reportaje en la revista En Viaje que trata el tatuaje como arte. Y al revisar testimonios, descubrí que la práctica no estaba asociada principalmente a la cárcel, sino a la bohemia: bares, quintas de recreo, ambientes de fiesta y música.

Por eso el período 1900–1970 es clave: muestra el contraste entre el discurso criminológico y la práctica real.

Uno de los ejes del libro es la relación entre tatuaje y delincuencia. ¿Cómo se instaló esa mirada en la sociedad chilena?

Se instala desde el discurso médico-legal. No desde la práctica cotidiana. La criminología positivista tenía mucha influencia académica y política. La idea del “delincuente nato” se expandió en América Latina y en Chile fue adoptada por instituciones policiales y judiciales.

El tatuaje pasó a ser interpretado como signo de peligrosidad. No porque existiera evidencia contundente, sino porque encajaba en la teoría. Ese es el punto interesante: el tatuaje no era necesariamente masivo en cárceles, pero el discurso que lo vinculaba al delito era muy potente y permeó la cultura.

¿Qué rol jugaron la prensa y la literatura detectivesca en reforzar ese imaginario negativo?

La prensa, especialmente la crónica roja, fue clave. A mediados del siglo XX, el tatuaje aparece en reportajes sensacionalistas que lo asocian al crimen, la marginalidad y la violencia. La literatura detectivesca también contribuye a consolidar esa imagen del tatuaje como marca del delincuente. Lo interesante es que esa narrativa era mucho más visible que la práctica real. 

El libro propone una visión distinta: el tatuaje como práctica bohemia. ¿Qué te sorprendió de esos testimonios?

Me sorprendió que no estuvieran vinculados a la cárcel, sino a espacios de ocio. Los tatuajes se hacían en bares o quintas de recreo, lugares familiares donde había música en vivo —cueca, tango, bolero, orquestas—, comida y bebida. El tatuador aparecía con una maleta y ofrecía tatuajes espontáneamente.

No se agendaban sesiones. Era algo del momento. Muchas veces influía el alcohol, claro, pero también la espontaneidad. A veces el tatuador era habitué del lugar y la gente sabía que podía encontrarlo ahí.

¿Qué motivos eran comunes y qué nos dicen sobre el contexto cultural?

Los motivos más comunes eran religiosos (cruces, vírgenes), familiares (madre, padre), pin-ups, anclas, corazones atravesados. Era una estética popular, no necesariamente criminal. Hablan de una cultura popular, trabajadora, sentimental. No de una estética violenta o delictiva. Los tatuajes eran pequeños relatos personales inscritos en el cuerpo.

¿Qué particularidades tiene Chile en comparación con otros países?

En Estados Unidos existía una escena fuerte, con estudios establecidos, figuras como Sailor Jerry, máquinas patentadas. Eso permitió contrarrestar el discurso criminal.

En Chile no hubo esa escena pública organizada. No existían estudios formales ni un mercado estructurado. Eso permitió que el discurso criminológico dominara sin contrapeso.

Además, a diferencia de Perú o Brasil, en Chile no hay evidencia contundente de tatuaje prehispánico, lo que también influye en la narrativa histórica.

¿Qué esperas que descubran los lectores con este libro y cuál es el próximo período que investigarás?

Espero que descubran lo mismo que descubrí yo: que el tatuaje no era una práctica criminal masiva y que la idea de que lo era tiene una raíz teórica importada desde Europa. También espero que entiendan los contrastes y que vean esta investigación como una primera aproximación. La historia es flexible. Puede aparecer un archivo nuevo y cambiar la interpretación.

Ya estoy trabajando en la siguiente etapa, que abarcará aproximadamente desde 1970 hasta 2007 o 2010. Ahí se analiza la profesionalización del tatuaje en Chile, los primeros estudios formales y la llegada de Macusa en 2007, que facilitó el acceso a insumos y cambió la industria.

Presentaste el libro en Puerto Varas, ¿tienes otras charlas en la región?

La idea es descentralizar el libro. Me interesa que no quede solo en Santiago. Ya estoy coordinando actividades con el Museo Histórico Nacional y tengo invitaciones internacionales, como una convención en Oslo.

En el sur me interesa particularmente Puerto Montt y Puerto Varas. Me gustaría volver a hacer una presentación en invierno, idealmente en una biblioteca o espacio cultural independiente. He conversado con estudios locales que trabajan memoria del tatuaje callejero y creo que puede generarse un diálogo interesante. Por ejemplo me están invitando a Valdivia y en Iquique es muy probable que organice una charla, donde tengo familiares y se hace más fácil hospedar.

Respecto a la distribución, el libro se gestiona principalmente a través de Bríos Ediciones. Estoy abierto a coordinar puntos de venta en la Región de Los Lagos —librerías independientes, espacios culturales, ferias del libro— si existe interés. La idea es que el libro circule también en regiones y no solo en circuitos centrales.