Entender la minería para sostenerla. Por: Francisco Lecaros, past president y director de la Fundación Minera de Chile.

Chile atraviesa un momento decisivo para su industria minera, marcado por el volumen histórico de inversiones, el rol estratégico del cobre y otros minerales críticos en la transición energética, y una creciente presión por producir con mayores estándares ambientales y sociales. Sin embargo, detrás de todos estos desafíos hay un factor clave que muchas veces queda relegado a un segundo plano: la educación.

La minería necesita profesionales altamente especializados, pero incluso más importante que eso, requiere de un sistema educativo capaz de responder a una industria en permanente transformación, que prepare el recambio generacional y acerque la minería a la ciudadanía. Porque sin personas formadas no hay inversión, tecnología ni regulación que sostenga el futuro del sector.

Las cifras lo confirman. Según la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco), la cartera de proyectos de inversión minera para 2025–2034 alcanza los US$104.549 millones, la más alta en más de una década. Este volumen no sólo implica infraestructura y exportaciones futuras, sino también una demanda creciente por trabajadores con nuevas competencias, capaces de operar faenas altamente tecnificadas, automatizadas y con exigencias en seguridad y sostenibilidad.

A esto se suma el estudio de la alianza CCM–Eleva, que proyecta que la minería chilena requerirá cerca de 36.900 nuevos trabajadores entre 2025 y 2034, principalmente por recambio generacional y crecimiento de la actividad. Esto es más que reemplazar personas, hablamos de renovar conocimientos. Hoy, cerca del 75% de la fuerza laboral minera se desempeña en empresas proveedoras, lo que amplía el desafío educativo a toda la cadena de valor. La continuidad operacional y la innovación dependen tanto de las grandes compañías como de técnicos, operadores y especialistas de servicios, mantenimiento, logística y tecnología.

Hay que considerar además que hablar de educación minera no se limita únicamente a contenidos académicos. Es hablar de pertinencia, de conexión real entre instituciones formativas y mundo productivo, de estándares, seguridad y cultura operacional. Pero también de legitimidad social, ya que la minería enfrenta cuestionamientos legítimos sobre su impacto ambiental y territorial que sólo pueden abordarse con una ciudadanía informada, capaz de comprender cómo funciona la minería actual, cuáles son sus riesgos y sus oportunidades.

Esta brecha entre la relevancia de la minería y el desconocimiento sobre ella fue una de las motivaciones que me llevó a escribir el libro «ABC de la minería: Introducción a la minería» que nace como una herramienta educativa y ciudadana, con la convicción de que entender esta industria es un derecho en un país donde ha sido y seguirá siendo un motor de desarrollo. A lo largo de años de trabajo en terreno, en actividades educativas y de divulgación, constaté que muchas veces el debate público sobre minería se construía desde la distancia, la desinformación o la simplificación.

En el último tiempo el sistema educativo ha avanzado, y una proporción creciente de trabajadores mineros cuenta con formación técnico-profesional o universitaria. Sin embargo, el desafío es mayor. La minería del futuro requerirá aprendizaje permanente, actualizaciones constantes de competencias y una visión integral que combine conocimiento técnico con valores, ética y responsabilidad social. La creciente participación de mujeres en minería demuestra que, cuando existen oportunidades y entornos laborales adecuados, el talento aparece. Seguir ampliando vocaciones desde edades tempranas, derribar estereotipos y mostrar la minería como un espacio posible y moderno es parte de la tarea educativa.

La oportunidad histórica que enfrenta Chile no se sostiene sólo con finanzas o tecnología. Se refuerza con capital humano formado, informado y comprometido. Por eso, invertir en educación minera es invertir en desarrollo, en cohesión social y confianza, asegurando que la minería del mañana sea más productiva y sostenible, pero también más comprendida, más cercana y más humana.