Lo que cambia y lo que permanece. Por: Alejandra Cobián Bahamondes. Psicóloga. Directora Ejecutiva de Hübner Comunicaciones y Consultoría. The Puerto Varas – The Puerto Montt

Una empresa pequeña crece y deja de funcionar como antes. Un equipo de trabajo se amplía y necesita nuevas formas de coordinarse. Una institución cambia de generación y debe decidir qué conservar y qué transformar. No necesariamente porque lo anterior haya estado mal, sino porque las circunstancias, el entorno y los tiempos cambiaron.

Lo mismo ocurre con las personas.

Todos enfrentamos vivencias y situaciones que constituyen hitos y marcan etapas: terminar la universidad, encontrar un primer trabajo, independizarse, cambiar de trabajo, formar una familia, tener hijos, separarse, perder a alguien, emprender, volver a estudiar, cambiar de ciudad.

A veces esos hitos se viven también como crisis. Y crisis no necesariamente significa algo negativo. La palabra crisis está relacionada con la idea de juicio, decisión y momento decisivo. Una crisis puede ser, entonces, ese punto en que las respuestas que teníamos dejan de ser suficientes y necesitamos detenernos, evaluar y decidir.

Son momentos que pueden obligarnos a preguntarnos cosas que quizás no nos habíamos preguntado antes: ¿Quién soy ahora? ¿Qué quiero conservar? ¿Qué necesito cambiar? ¿Qué ya no me representa?

En psicología, la identidad puede entenderse como el sentido de continuidad y coherencia que una persona construye respecto de sí misma a lo largo del tiempo. No significa permanecer igual. Por el contrario, supone integrar experiencias, éxitos, errores, aprendizajes, vínculos y cambios y, aun así, poder reconocernos como la misma persona.

Hay una autopercepción, una diferenciación respecto de los demás y, al mismo tiempo, una continuidad que nos permite decir: sigo siendo yo, aunque ya no sea exactamente quien fui.

Por eso, tener una identidad no significa no cambiar. Significa poder cambiar sin dejar de reconocer qué es lo esencial.

Algo parecido, aunque no idéntico, ocurre con las organizaciones.

Una organización también construye una identidad a lo largo del tiempo. La forman las personas que la integran, sus valores, sus prácticas, sus historias, las relaciones que establece y la manera en que es reconocida por otros.

Pero una organización tampoco es una fotografía que se mantiene estática.

El nombre puede cambiar. Los productos pueden cambiar. Las personas pueden cambiar. La forma de comunicarse puede cambiar. 

La dificultad está en distinguir qué de todo eso queremos seguir siendo y qué corresponde simplemente a una determinada etapa.

Porque adaptarse no significa cambiar por cambiar. Tampoco significa conservar todo aquello que alguna vez funcionó. Adaptarse implica, en buena medida, comprender el contexto que enfrentamos, revisar nuestras respuestas y tener la flexibilidad necesaria para modificar aquello que ya no resulta adecuado o no funciona como esperamos, sin perder de vista lo que consideramos esencial.

Esta idea es especialmente interesante cuando observamos lo que ocurre en una ciudad como Puerto Varas.

En los últimos años hemos visto crecer empresas, negocios que se transforman, empresas familiares que cambian de generación y también algunas que desaparecen, nuevos emprendimientos que nacen y equipos de trabajo que cambian. Además, han llegado personas con otras experiencias, trayectorias y formas de entender el trabajo y la vida cotidiana.

Una organización puede mantener el mismo nombre y, sin embargo, ser muy distinta de lo que era hace diez años. También puede cambiar su estructura, incorporar nuevas personas o modificar la forma en que se comunica y, aun así, conservar aquello que permite reconocerla.

Quizás crecer y evolucionar, tanto para las personas como para las organizaciones, tenga menos que ver con el paso del tiempo que con la capacidad de volver a mirarnos, reconocer los cambios y preguntarnos quiénes somos ahora.

Porque las personas cambian. Las organizaciones cambian. Las ciudades cambian.

Y, de vez en cuando, necesitamos detenernos, mirarnos al espejo y preguntarnos:

¿Quiénes somos ahora?