Cuando reaccionar ya no alcanza. Por Loreto Kemp. Directora ejecutiva, Fundación Acción y Cambio

Hay cifras que no deberían servir solo para describir una realidad. Algunas deberían obligarnos a cambiar la forma en que estamos respondiendo.
Según datos de la Superintendencia de Educación, Los Lagos cerró 2025 como la tercera región del país con mayor tasa de denuncias escolares. Durante este año, además, hemos visto amenazas con armas, suspensión de clases y comunidades educativas alteradas por situaciones que hasta hace poco habríamos considerado excepcionales.
Podemos seguir mirando cada episodio por separado.
Activar protocolos. Convocar reuniones. Implementar programas. Contener la crisis y seguir adelante.
Pero cuando los hechos se repiten, reaccionar mejor ya no alcanza.
El problema empieza a estar también en cómo estamos organizados para responder y en qué nos dicen estos hechos sobre la sociedad que estamos construyendo.
La escuela nunca ha sido una isla. En ella entran las tensiones familiares, las desigualdades, la violencia, la fragilidad de los vínculos, los problemas de salud mental y también la dificultad creciente que tenemos para convivir con otros. Por eso reducir la convivencia escolar a un asunto educacional es mirar solo una parte del problema.
Lo que ocurre dentro de una escuela muchas veces expresa algo que ocurre fuera de ella.
Y ahí aparece una primera dificultad. Nuestros problemas son cada vez más complejos, pero nuestras instituciones siguen funcionando por sectores. Educación por un lado. Salud por otro. Seguridad por otro. Desarrollo social por otro.
La realidad, en cambio, no funciona así.
Cuando esa fragmentación se vuelve evidente, aparecen las mesas.
Son necesarias. Permiten sentar a distintos actores, compartir información y coordinar acciones. Pero muchas veces dependen demasiado de voluntades personales, de una autoridad determinada o de la urgencia del momento. Cuando esa urgencia pasa, la coordinación también puede diluirse.
Ahí hay una debilidad institucional que no resolvemos creando otra mesa.
Necesitamos capacidad para sostener decisiones.
La academia puede cumplir un papel importante precisamente ahí. No solo investigando, sino aportando evidencia, método, evaluación y continuidad. Porque si queremos saber qué funciona, qué no funciona y qué debemos corregir, necesitamos aprender mientras hacemos, no varios años después.
Ese es uno de los problemas que vemos una y otra vez en las políticas públicas contemporáneas. Hay programas, recursos, instituciones y personas trabajando. Lo que muchas veces falta es una estructura capaz de conectar esos esfuerzos y darles continuidad.
Ese es también el sentido de la Agenda Regional de Desarrollo Humano y Convivencia Escolar de Los Lagos.
No crear otra estructura burocrática. Tampoco sumar un proyecto más.
La idea es que la región pueda producir evidencia, coordinar capacidades, sostener decisiones y aprender de sus propios resultados.
Porque los problemas complejos no desaparecen cuando termina un programa ni esperan el próximo presupuesto. Siguen ahí. Y muchas veces cambian más rápido que nuestras instituciones.
Por eso la continuidad importa tanto.
Una respuesta seria necesita sobrevivir a una autoridad, a un gobierno y a un fondo determinado. Necesita memoria. Necesita información. Necesita acuerdos mínimos que no haya que empezar a construir desde cero cada vez.
Para mí, ese es el desafío de fondo.
La crisis de convivencia escolar exige respuestas ahora, pero también obliga a mirar más allá del episodio. Si distintos establecimientos comienzan a enfrentar problemas similares, en territorios distintos y con comunidades diferentes, entonces ya no estamos solo frente a casos individuales. Hay condiciones sociales e institucionales que también debemos observar.
Eso supone articular al sector público, los municipios, la academia, la sociedad civil y el sector productivo. Pero no como invitados ocasionales frente a una crisis. Tiene que existir una lógica común, responsabilidades claras y capacidad de sostener el trabajo en el tiempo.
Porque la sostenibilidad no depende solamente de tener recursos. Depende también de saber qué estamos haciendo, qué resultados está teniendo y qué debemos cambiar.
Una región fuerte no es una región sin problemas.
Es una región capaz de reconocer sus tensiones, comprender de dónde vienen y organizarse para responder antes de que cada problema vuelva a convertirse en una emergencia.
Ser hoy la tercera región con mayor tasa de denuncias escolares debiera incomodarnos. No para instalarnos en la alarma, sino porque esa cifra puede estar mostrando algo más profundo que una suma de conflictos escolares.
Puede estar mostrando una dificultad de convivencia que la escuela recibe, contiene y muchas veces expresa antes que otras instituciones.
Por eso reaccionar caso a caso ya no alcanza.
La innovación, en este caso, no consiste necesariamente en inventar algo nuevo. Puede consistir en algo bastante más difícil. Que una región aprenda a leer lo que le está pasando y sea capaz de construir una respuesta común antes de acostumbrarse al problema.

A veces consiste en algo bastante más difícil. Lograr que una región aprenda a responder junta y sea capaz de sostener esa respuesta en el tiempo.