Cuando el malestar deja de ser individual. Por Daniela Cabeza Zurita, Directora de Formación. Fundación Acción y Cambio

Durante los últimos años, coincidentemente, quienes trabajamos en salud mental hemos observado un cambio que cuesta ignorar. No solo han aumentado las intervenciones, sino también, pareciera haber cambiado la complejidad de los consultantes en nuestros espacios clínicos. Niños, adolescentes y adultos que presentan mayores desafíos para regular sus emociones, tolerar la frustración, sostener los vínculos o encontrar recursos internos y externos que les permitan enfrentar situaciones que antes podían resultar menos desorganizadoras.

Esta semana se publicaron los últimos resultados del Termómetro de la Salud Mental Achs-UC y nos reafirman con evidencia, esta realidad. Vamos a lo concreto; Un 18,5% de las personas evaluadas presenta problemas generales de salud mental; un 16,2% presenta sintomatología depresiva moderada o severa; un 17,9%, ansiedad moderada o severa; y un 14,3%, problemas importantes de insomnio.

Pero existe otro dato que, a mi juicio, merece una atención especial: un 21,9% de las personas declara altos niveles de soledad percibida y pienso, es aquí donde debemos detenernos, porque es precisamente, donde todos podemos aportar.

Porque cuando hablamos de salud mental sostenemos generalmente, una mirada al individuo: sus síntomas, su historia, sus diagnósticos, sus estrategias de regulación. Sin embargo, las personas no se desarrollan de manera aislada. Nuestro cerebro es profundamente social. Desde los primeros años de vida aprendemos a regularnos a través de otros. Primero alguien nos calma, nos contiene, nos ayuda a comprender lo que sentimos; posteriormente vamos internalizando esas experiencias y desarrollando progresivamente nuestra propia capacidad de regulación.

Por eso los vínculos no son únicamente un aspecto de la experiencia humana, son una condición relevante para nuestro desarrollo socio-emocional.

Ante esto, vale la pena preguntarnos qué está ocurriendo cuando, paralelamente al aumento de los indicadores de ansiedad, depresión e insomnio, también aumentan la soledad y la sensación de no contar con suficientes redes de apoyo. Desde la práctica clínica, esta pregunta resulta cada vez más necesaria.

Hoy recibimos niños y adolescentes que se sienten profundamente solos aun estando permanentemente conectados en redes sociales, familias agotadas y adultos que intentan criar, trabajar y sostener emocionalmente a otros mientras ellos mismos se encuentran sobrepasados.

El desafío ya no parece limitarse exclusivamente a tratar síntomas. Muchas veces debemos ayudar también a reconstruir recursos que tradicionalmente se desarrollaban en la vida cotidiana: la capacidad de conversar, de resolver conflictos, de tolerar diferencias, de reparar después de una discusión, de mirarnos a los ojos o simplemente de permanecer junto a otro cuando ese otro está atravesando un momento difícil.

Y esto tiene consecuencias directas en nuestras comunidades educativas.

Cuando hablamos de la crisis de convivencia escolar podemos sentir la tentación de buscar responsables. A veces se responsabiliza a las familias. Otras veces a los profesores, a los colegios, a las redes sociales o a los propios estudiantes, sin embargo, probablemente el fenómeno actual sea bastante más complejo. Las escuelas no están aisladas de la sociedad en la que existen. Lo que ocurre dentro de una sala de clases también refleja, de alguna manera, lo que ocurre fuera de ella.

La convivencia no comienza cuando aparece una agresión, una denuncia o un episodio de violencia. Comienza mucho antes, en la calidad de nuestros vínculos, en la forma en que nos hablamos, en nuestra capacidad para escuchar y en la posibilidad de reconocer que frente a nosotros existe otra persona con una experiencia distinta a la propia.

La convivencia también se construye cuando un niño encuentra un adulto disponible; cuando una familia y un profesor logran verse como aliados y no como contrarios; cuando una comunidad puede sostener una diferencia sin transformarla inmediatamente en una amenaza.

No basta con pedirles a nuestros niños que aprendan a convivir si los adultos no somos capaces de mostrarles cómo hacerlo. Y probablemente allí se encuentre uno de nuestros mayores desafíos actuales.

Las cifras recientes de salud mental deberían preocuparnos, pero también deberían invitarnos a hacer nuevas preguntas. Qué está ocurriendo con nuestros vínculos, con nuestras redes de apoyo y con nuestra capacidad colectiva de sostenernos.

Porque cuando casi una de cada cinco personas presenta indicadores importantes de problemas de salud mental y más de una de cada cinco declara sentirse significativamente sola, el malestar deja de ser exclusivamente individual. Se transforma también en una señal de que algo se está quebrando en nuestra manera de habitar un mundo que debiese sostenerse en comunidad.