El ambiente también educa: el tercer maestro. Por Nancy Paredes, profesora de Educación Básica, Magíster en Educación. Socia del Proyecto Explora

Cuando pensamos en los ambientes escolares, solemos imaginar salas de clases, mesas, materiales y espacios destinados al aprendizaje. Sin embargo, desde la filosofía Reggio Emilia, el ambiente es mucho más que un lugar físico: es considerado el tercer maestro.

Esta idea nos invita a mirar los espacios educativos desde otra perspectiva. No se trata solamente de cómo se ven, sino de qué posibilidades ofrecen a los niños que los habitan. La disposición de los materiales, la luz, los lugares para reunirse o moverse y los elementos que ponemos a su alcance pueden despertar su curiosidad, favorecer su autonomía e invitarlos a formular preguntas, experimentar y descubrir.

Pero para pensar un ambiente educativo, primero necesitamos mirar a los niños. Conocer sus intereses, observar cómo participan y reconocer sus distintas maneras de aprender permite comprender que un mismo espacio no ofrece necesariamente las mismas oportunidades para todos. Cada niño tiene sus propios ritmos, preguntas y formas de relacionarse con el mundo. Por eso, un ambiente que educa debe ofrecer distintas posibilidades para explorar, expresarse, crear y aprender.

También importa cómo se sienten en esos espacios. Para atreverse a investigar, compartir una idea, equivocarse o volver a intentar, los niños necesitan encontrar condiciones de seguridad y bienestar. Sentirse acogidos y reconocidos no es algo separado del aprendizaje: forma parte de las condiciones que les permiten participar y desarrollar sus capacidades.

Desde esta mirada, el aprendizaje tampoco queda limitado a lo que ocurre dentro de una sala de clases. El patio, los espacios verdes, la naturaleza y el entorno que nos rodea pueden convertirse en oportunidades para observar, comparar, investigar y establecer nuevas relaciones. No se trata simplemente de cambiar de lugar una actividad, sino de reconocer que el mundo ofrece preguntas y experiencias que también pueden formar parte del proceso educativo.

En Explora, esta perspectiva nos invita a pensar cada ambiente como una oportunidad para aprender, relacionarse y descubrir. Esto supone observar, escuchar y tomar decisiones: qué materiales ofrecer, cómo organizar los espacios, qué experiencias proponer y cuándo dar lugar a que los propios niños encuentren sus caminos. La exploración necesita esa apertura, pero también la orientación de adultos que acompañen, planteen desafíos y den intencionalidad al aprendizaje.

Porque el ambiente no educa por sí solo ni basta con que sea atractivo. Su valor está en las experiencias que hace posibles, en las relaciones que favorece y en las oportunidades que abre para que cada niño participe activamente en su aprendizaje.

Nuestro desafío, entonces, no es solamente diseñar espacios bonitos, sino crear ambientes que partan de quienes los habitan y les comuniquen que son capaces, que sus ideas importan y que existen distintas maneras de descubrir y comprender el mundo. Ambientes donde cada niño encuentre un lugar para explorar, aprender y construir su propio camino.