Cuando lo que ocurre afuera también entra al trabajo. Por: Alejandra Cobián Bahamondes. Psicóloga. Directora Ejecutiva de Hübner Comunicaciones y Consultoría. The Puerto Varas – The Puerto Montt

En octubre de 2019, Chile vivió un acontecimiento que modificó profundamente la vida cotidiana. Sus consecuencias fueron visibles en las calles, en la economía y en la convivencia social, pero hubo otras menos evidentes.

Para algunas personas, especialmente quienes habían vivido el Golpe de Estado y todo lo que vino después, lo que ocurría podía conectar con experiencias que parecían pertenecer a un pasado lejano. Más allá de las posiciones políticas, reaparecieron recuerdos, temores y reacciones emocionales que permanecían en algún espacio menos presente de la memoria.

En ese contexto, algunos psicólogos comenzaron a organizarse voluntariamente para ofrecer primeros auxilios psicológicos y espacios de contención emocional. Había personas que necesitaban ser escuchadas y encontrar apoyo para afrontar una realidad que excedía sus recursos habituales.

Pocos meses después llegó la pandemia.

En ese momento trabajaba en una consultora y las prioridades cambiaron rápidamente. La selección de personas dejó de ser el centro de la actividad. Las organizaciones comenzaron a preguntarse cómo sostener a quienes ya formaban parte de sus equipos, mientras algunos continuaban trabajando presencialmente y otros intentaban adaptarse al teletrabajo, con hijos en clases online, incertidumbre laboral y preocupación por la salud.

Las cifras daban cuenta de otras dificultades que atravesaban los hogares. Durante 2020, el teléfono 1455 de orientación y ayuda para mujeres víctimas de violencia recibió un 149,1 % más de llamadas que el año anterior. Ese mismo año, una encuesta en línea de SENDA mostró que el 21,4 % de quienes consumían alcohol declaró haber aumentado su consumo durante la pandemia.

Las organizaciones tuvieron que aprender, en poco tiempo, que no bastaba con reorganizar funciones, establecer protocolos o implementar nuevas formas de trabajar. También era necesario comprender cómo estaban viviendo las personas ese cambio.

Pero esa mirada no debiera aparecer solamente cuando ocurre una crisis evidente.

En los últimos años, Chile también ha vivido un escenario económico de menor dinamismo, con un crecimiento débil de la productividad y dificultades en el mercado laboral. Para muchas personas, la incertidumbre no ha sido un acontecimiento puntual, sino un telón de fondo.

Una persona puede llevar años lidiando con la incertidumbre laboral, menor capacidad de consumo, proyectos que se postergan, temor a perder el empleo, dificultad para cambiarse de trabajo, endeudamiento o la sensación de que el esfuerzo no necesariamente se traduce en progreso.

Todo eso también forma parte de la vida.

Y también entra a las instituciones.

No necesariamente como una crisis visible. Puede influir en la disposición a asumir riesgos, en la capacidad de proyectarse o en la manera de afrontar nuevas exigencias. Sus efectos no son iguales para todas las personas ni siempre resultan evidentes para quienes las rodean.

Esto importa porque las instituciones trabajan con personas, no con roles aislados. Las experiencias, preocupaciones y circunstancias de quienes las integran pueden influir en la manera en que enfrentan sus responsabilidades y se relacionan con los demás.

Reconocerlo no significa que el contexto determine la conducta ni que una organización deba hacerse cargo de todo lo que ocurre en la vida de sus trabajadores. Significa que, para comprender lo que sucede dentro de una institución, a veces es necesario mirar también aquello que ocurre fuera de ella.

Comprender el contexto tampoco significa bajar las exigencias. Significa contar con más elementos para interpretar lo que ocurre y tomar mejores decisiones.

No es lo mismo una persona que no quiere asumir una responsabilidad que una persona que, por sus circunstancias, está teniendo dificultades para hacerlo. No es lo mismo falta de compromiso que agotamiento. No es lo mismo resistencia al cambio que temor frente a un escenario que se percibe como incierto.

Distinguir esas situaciones también es parte de gestionar personas.

Algo similar ocurre en los colegios. La convivencia escolar no se construye únicamente dentro de las salas de clases. En ella también se expresan las experiencias de los estudiantes, sus relaciones familiares y aquello que ocurre en su entorno. No porque el colegio deba resolver todo lo que sucede fuera de él, sino porque no es posible comprender completamente a un estudiante si se observa únicamente su comportamiento dentro de la escuela.

Somos personas complejas, atravesadas por nuestras experiencias, vínculos y circunstancias. Somos trabajadores, madres o padres, hijos, parejas, estudiantes, profesores y miembros de una comunidad. No vivimos esos roles en compartimentos independientes. Lo que ocurre en uno puede repercutir en los demás.

Las situaciones extremas hacen especialmente visible esta complejidad. Lo vimos en 2019, durante la crisis social; en 2020, con la pandemia; y, más cerca de nosotros, en 2025, con el tornado que afectó a Puerto Varas. Fueron acontecimientos diferentes, pero todos alteraron la vida cotidiana y pusieron a las personas frente a situaciones que no necesariamente podían controlar.

Una organización no tiene que hacerse cargo de todos los problemas personales de sus trabajadores. Un colegio tampoco puede resolver todo aquello que afecta a sus estudiantes. Pero ambos pueden reconocer que las personas no llegan a esos espacios vacías de contexto.

En la práctica, muchas veces terminamos mirando al trabajador que debe cumplir sus objetivos, al estudiante que debe aprender, al profesor que debe enseñar o al integrante de un equipo que debe responder a determinadas expectativas.

Humanizar las relaciones no significa renunciar a las exigencias, desconocer las responsabilidades ni justificar cualquier conducta. Significa considerar las circunstancias en que las personas actúan, sin perder de vista sus responsabilidades individuales. Una dificultad de desempeño, un conflicto o un cambio de comportamiento no siempre pueden explicarse únicamente por lo que observamos en un momento determinado.

No se trata de resolverlo todo por los demás, sino de incorporar esa comprensión al momento de decidir cómo relacionarnos, acompañar, exigir o intervenir.

Lo que ocurre afuera también entra al trabajo. Ignorarlo no hace que deje de estar ahí.

No deberíamos necesitar una crisis para recordarlo.